Las familias Muégano

En el argot mexicano, esta metáfora hace referencia a familias extensas y muy unidas cuya dinámica es grupal. Son aquellas que, por ejemplo, se reúnen todos los domingos en casa de los abuelos o los padres para compartir una comida.

El muégano es un dulce típico mexicano hecho de bolitas de harina inflada unidas con miel, formando una masa compacta difícil de separar sin que se desprendan varias piezas a la vez. De manera similar, hay familias que funcionan como un grupo cohesionado, en el que todos los integrantes están estrechamente vinculados. Para ellos, separarse de esa unión suele ser complicado. Sin embargo, en algunos casos, estas familias pueden desarrollar dinámicas extremas, limitando el libre pensamiento y la capacidad de acción de sus miembros. Aunque este término describe una fuerte conexión familiar, a menudo se usa con una connotación negativa.

Una familia unida puede fomentar valores como el amor, la convivencia y la ayuda mutua, aspectos clave para el desarrollo individual dentro de la sociedad. No obstante, en algunas familias, esta cercanía también puede generar dinámicas menos saludables. Por un lado, algunos integrantes pueden tener dificultades para tomar decisiones de manera independiente y sentir la necesidad de consultar siempre a los abuelos o los padres, justificando esta conducta en el amor y el respeto hacia ellos. Por otro lado, los padres y los abuelos pueden ejercer mecanismos de control sobre los demás miembros, perpetuando una relación de dependencia.

Provenir de una familia donde el patriarca dirige y decide puede llevar a enfrentar conflictos de codependencia, dificultad para establecer una vida privada o incapacidad para poner límites sin experimentar culpabilidad. En estos grupos, el acuerdo tácito es que los adultos principales siguen siendo los padres o los abuelos, mientras que los demás integrantes deben mantenerse en estado de dependencia para que la dinámica grupal funcione sin conflictos. Si algún miembro intenta modificar las normas, las ideas o el comportamiento del grupo, los demás pueden percibirlo como una amenaza y tratar de sofocar su iniciativa.

Por ejemplo, en un grupo donde comer carne o beber alcohol es un valor que les da identidad, volverse vegetariano o abstenerse del alcohol puede interpretarse como un peligro. Así, el resto de los integrantes intentará sofocar este deseo, porque para el grupo esta conducta se vive como un ataque a la familia, que deberá ser reprimido o resultará en la exclusión del miembro.

Para la mayoría de los integrantes, estas normas son ego-sintónicas, es decir, están en armonía con su identidad, como tradiciones propias de una familia unida, amorosa e incondicional. Sin embargo, no reconocer la fobia al cambio y al paso del tiempo, la idealización de los padres propia de la infancia, el sacrificio de la individualidad y la intimidad, la codependencia y los mecanismos de control puede perpetuar dinámicas de poder rígidas.

Si bien la familia es el pilar de una sociedad estructurada y un fundamento que contribuye al desarrollo adecuado, debe permitir que sus integrantes sean creativos, con la capacidad de pensar y aportar ideas que sumen a las tradiciones. Cuando decides formar tu propia familia, esta debe convertirse en tu prioridad. El desconocimiento de estas dinámicas familiares puede ser un motivo de constantes conflictos en las parejas, algunos de los cuales pueden llevar incluso a la ruptura definitiva.

Por ello, la clave está en encontrar un equilibrio que permita mantener la pertenencia a la familia de origen sin renunciar a la individualidad, al proyecto personal y a la relación de pareja. Es fundamental que tu pareja no se sienta excluida ni relegada a un segundo plano. Para lograrlo, es necesario llegar a acuerdos que equilibren la atención que brindas a la familia de la que provienes y los espacios exclusivos y especiales que debes construir con la familia que has formado.

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